Hay dos cosas que me encanta hacer: viajar, conocer lugares nuevos y los masajes. ¡Los amo! Y es casi imposible resistirme cuando veo un lugar de masajes para pies a buen precio.
Estaba caminando por las calurosas calles de Guangzhou, una ciudad de China. El calor húmedo hacía que sintiera la piel mojada casi todo el tiempo. Me sentía un poco incómoda por eso, pero aun así, la idea del masaje me tenía totalmente seducida.
Entré al lugar y, por medio de señas, elegí el masaje. Él no hablaba inglés y mucho menos español, así que todo tocó por el traductor. Ya sabes: él habla, traduce; yo respondo y traduce...
Lo charro era que las traducciones no eran precisamente fieles y se prestaban para toda clase de interpretaciones.
Por ejemplo, hubo una que decía:
—“Déjame empujártelo duro, tal vez te duela, pero te lo haré con el morro”.
¡Juaaaaaaa, juaaaaaa!
Yo entré en shock por unos segundos y después me dio una risa que él, obviamente, no pudo comprender. Me sentí intimidada y después aliviada cuando entendí que seguramente el traductor estaba haciendo de las suyas.
Después de hacerme el masaje en los pies, me ofreció hacerlo en el cuello. Hasta ese momento, el masaje había sido en una zona común y todos estábamos con ropa.
Cuando llegó a mi cuello, solté un gemido entre dolor y descanso. De repente se produjo un silencio raro en la sala. Él respondió con una risita, agachando un poco la cabeza, y siguió presionando más firme, aunque al final de cada movimiento lo hacía con una caricia delicada.
Luego me invitó a pasar a una habitación y me señaló que podía aliviarme ese dolor con un aceite medicinal.
Yo, encantada.
Me pasó una toallita para cubrirme y, con señas, me indicó que me quitara la camisa y me acostara boca abajo.
Mientras sentía la delicia de sus manos aceitosas resbalándose por mi espalda, podía sentir cómo el calor iba dejando huella por donde pasaban sus manos. Luego sacó una moxa y comenzó a trabajar con más energía.
Ahora mis gemidos se alternaban con respiraciones forzadas para aguantar el dolor.
Al llegar al borde de mi pantalón, comenzó a correrlo poco a poco con sus dedos. Sentí que la rayita de mi nalga iba quedando expuesta y me puse penosa y nerviosa al mismo tiempo.
En definitiva, tener el pantalón puesto hacía difícil su tarea. Entonces me senté, me cubrí los senos y le hice señas para que entendiera que mejor me quitaba el pantalón.
Él señaló el celular para que pusiera el traductor y, de nuevo:
—“Voy a empujártelo duro y hasta abajo para escurrirte la sandía”.
¡Juaaaaaaa!
Otra vez.
Lo que quería decirme era que iba a bajar desde arriba, con presión fuerte, y terminar abajo, en los pies, para sacar el dolor.
Siguió con sus masajes enérgicos, pero ahora recorrían desde mi cuello, bajando por mi cintura. Se detuvo en mis caderas y ahí sentí que el masaje había cambiado un poco.
Sus manos estaban ahora sobre mis nalgas, amasándolas.
Sentí susto, pero también una adrenalina rica que me decía que me dejara llevar.
Él lentamente separó mis piernas con sus manos y comenzó a deslizar sus dedos bordeando la forma de mis pantys. Sentía el roce de su piel en mi entrepierna y también cómo mi cuerpo comenzaba a reaccionar.
De nuevo tomó el celular y me preguntó:
—¿Te gusta? ¿Te sigue doliendo?
Yo solo le dije:
—Mmm... se siente bien.
Eso fue como si hubiera enviado una invitación con todo incluido.
Se acercó a mi espalda y sopló un poco para activar el calor del aceite mientras deslizaba su mano desde el tobillo hacia arriba.
Yo seguía boca abajo en la camilla, sin saber muy bien qué hacer con mis manos. Una parte de mi mente todavía intentaba procesar lo que estaba pasando y la otra simplemente se había entregado al momento.
Muy cerca de mi oreja dijo algo que, obviamente, no entendí.
Pero yo dije que sí.
Y entonces...
Dos de sus dedos entraron en mí deliciosamente mientras los movía con un ritmo tan excitante que mi cuerpo prácticamente respondió solo.
Luego los sacó y continuó masajeándome rápidamente, sin perder el ritmo, mientras veía cómo cada músculo se me contraía.
—¡Ohhhhh!
Terminó deslizando su mano desde mi vulva hasta mi cuello y, agachándose un poco, se lamió los dedos.
Yo todavía tenía la mirada completamente desorbitada.
Y entonces llegó el traductor.
La traducción decía:
—“Es tiempo. Si aún no partes, ven en dos días, deja que el aceite haga efecto y continuamos con el tratamiento”.
...
¿¡QUÉ!?
No sabía si reírme, salir corriendo o reservar la cita para dentro de dos días.
Al final, hice lo más sensato:
Me reí y me fuí.






