Jamás imaginé que mis latidos fueran capaces de mover mi cuerpo con tanta fuerza, aun estando en reposo y tendida en una cama, con apenas aliento para mover las piernas...
Todo inició en mi clase de Auditoría Financiera del último semestre. Estaba feliz porque, al fin de año, ya graduándome, tendría mi vida completa, totalmente resuelta. Digamos que ya podía chulear varias de mis aspiraciones: estar felizmente casada, tener un bebé y ya solo faltaba ser profesional para quedar completa... Eso pensaba hasta el momento.
Mi vida en pareja era hermosa. Cumplía con mis deberes maritales tres veces por semana; mi esposo estaría satisfecho, mi hijo ya estaba en la guardería... y yo ya estaba por ser contadora. Era todo lo que mi universo creía necesitar.
En ese último semestre me prometí darme como premio un poco más de libertades, así que comencé a sacar los jueves con los amigos del salón, que durante toda la carrera me molestaban porque nunca compartía con ellos una cerveza o unas salchipapas después de clases.
—Es el último semestre y, después de tanto esfuerzo, me lo merezco.
Para mi sorpresa, el profesor de Auditoría Financiera resultó ser amigo de uno de los compañeros, así que esa noche nos acompañó. Si te preguntas, no era para nada sexy, ni el típico profe que las deja a todas babeando. Nada, todo lo contrario: un señor de lo más normal, su barriguita de cuarentón, ropa clásica... A primera vista, pasa desapercibido.
Ya entrada la noche, el grupo se disminuyó un poco, lo cual hizo que nos acercáramos. Entre tanto tema, terminamos cruzando ideas, palabras, conceptos... Sin darme cuenta, había perdido la noción del tiempo conversando con él, a tal punto que ya solo quedábamos él y yo en el barcito.
Era hipnótico el dominio de cada tema: inteligente, caballeroso, elocuente. Me avergoncé un poco y me apresuré a despedirme cuando caí en cuenta de que eran más de las 10 p. m. y yo pensé que esto terminaría antes de las 9 p. m. Me acompañó a esperar el Uber y se despidió cordialmente con un beso en la mejilla.
El jueves siguiente repetimos. Nada pasaba, pero intelectualmente sentía que me llenaba. No me malentiendan: mi esposo es atractivo, lo amo, pero la conversación no es su fuerte.
Con el tiempo, ya casi finalizando el semestre y después de tantos jueves de tertulias, comenzó a haber más cercanía, algo más confidencial. De repente, ya sabía yo de su esposa y él de mi hijo y mi esposo... Parecía una amistad de esas que son genuinas, pero peligrosas.
Yo seguía estando bien con mi pareja. Él me buscaba como habitualmente lo hacía: unos besos, un par de caricias, hacíamos el amor y se quedaba dormido abrazándome...
Comencé a quedarme despierta recordando conversaciones, pensando en nuevos temas que quería tocar, tocar... Sin darme cuenta, estaba imaginando cómo sería si él me tocara o me acariciara. Me asusté, me sentí mal, abracé a mi esposo y cerré los ojos con fuerza para forzarme a dormir.
El jueves siguiente no fue a clase. Llegó un profe sustituto con un taller. Sentí la clase eterna, agónica, aburrida, como si los números hubieran perdido su interés.
Al final de la clase le escribí:
—¿Todo bien? No viniste a clase.
Dos chulitos y nada.
Al día siguiente me respondió:
—Un contratiempo familiar. Después te cuento.
—Ana Clara Gómez...
Escuché mi nombre en el llamado de los graduandos, estreché todas las manos de los profesores y recibí mi diploma. Al terminar la ceremonia y las fotos, el profe me abordó y me dijo:
—Felicitaciones, te lo mereces. Déjame invitarte a almorzar como celebración. La otra semana te escribo y coordinamos.
Ocho días, silencio total...
—Hola, perdida, ¿muchas entrevistas?
—Nos vemos mañana a las 12:30 en el restaurante del Hotel El Zarzo. Te espero, quiero contarte algo.
—¿Perdida yo? Siiii, bastantes. Adelánteme algo...
—No, mañana. Aguántate. Jeje.
A la mañana siguiente fui a continuar con el proceso de selección en una empresa en Guayabal, así que me quedaba de camino para El Poblado.
Las pruebas tardaron un poco más... Eran las 12:30 y yo apenas estaba saliendo.
—Hola, voy tarde de la entrevista, sorry.
—No hay lío, toma tu tiempo. Quiero verte.
Uy, el final de ese chat me revolcó el estómago, y no era del hambre. ¿Quiere verme? Pues obvio, no va a comer con los ojos cerrados, jejeje. Guardé el celular y me subí a un Picap. ¡Si pido Uber, no le llego!
Rogué porque el casco fuera decente y oliera bueno.
—¡Holaaaa! —lo saludé con la mano mientras le pagaba al de la moto.
Me miró con cara de «¿En serio te viniste en moto?», con una risita de ternura y de «ahí estás pintada».
Cuando subí las escaleras, me esperaba junto a la silla. Me dio un abrazo tan cálido y delicioso que sentí como si mi piel comenzara a fundirse con la suya, mientras mi olfato solo se llenaba de su colonia... Tan rico.
—Ejem... —carraspeé cuando caí en cuenta de que debía volver a la realidad.
Me tenía vino blanco ya servido. Me senté dando la espalda a la calle, él de frente. Se acercó y me tomó la mano con ambas manos suyas, tan suaves y cálidas. No había notado antes que sus ojos eran miel con destellos verdes.
—Clara, ahora que ya no eres más mi alumna, no siento remordimiento de compartir contigo mi sentir: te has adueñado de mis sueños más intensos y profundos. El deseo que me invade solo de imaginarme recorriendo toda tu piel desnuda, descubrir tus olores, probar todos tus sabores...
Tomé una bocanada de aire grande y lo interrumpí. No sabía cómo actuar. Mi mente me decía que estaba mal, pero mi pecho quería salirse, mi ropa interior se sentía resbalosa por la humedad, me palpitaban los labios, la vulva...
—Clara, dime que no has sentido al menos una vez lo mismo. Dime que estoy equivocado y nada habrá pasado.
No pude decir palabra, solo apretaba fuerte las piernas cruzadas.
No intentó besarme. Solo comenzó a recorrer mi brazo y antebrazo con un dedo, reanudando su sentir.
—Sueño, imagino, DESEO que tu cuerpo desnudo se funda con el mío, que tus senos se muevan libres apuntándome a la cara mientras te mueves rítmicamente sobre mí...
—¡No!
En mi mente, me había hecho la imagen. Estaba excitada, pero...
—¡No! —dije secamente—. Yo, yo no soy así.
—¿Cómo? ¿Así como?
—Clara, sé que eres casada, sé que lo amas, yo también... pero esto que se ha despertado en mí... es fuerte, muy fuerte.
Él creyó que yo estaba diciendo que no era así solo porque era moralmente incorrecto.
Suspiré.
—Yo no soy así... Me refiero a que no me hago encima. No podría, siempre he sido muy tímida y solo he estado con un hombre.
Bajé la cabeza con los cachetes hirviendo. No sé qué de todo me intimidaba más.
Suavemente se acercó para encontrarse con mi mirada y lo reforzó tomándome delicada, pero firmemente, por el mentón, mientras casi en un susurro me decía:
—Dejémonos llevar por lo que sentimos. Puedo sentir tu respiración agitada. Déjame besar cada milímetro de tu piel, saborearte por dentro y por fuera...
Yo no supe en qué momento dije que sí. Lo que sé es que en ningún momento dije que no era correspondido.
Me vi totalmente desnuda, con los brazos arriba, sostenidos por su mano izquierda. Besos suaves e intensos al mismo tiempo, mientras con su mano derecha subía lentamente por mi coxis, acariciando mi espalda...
Con todo su cuerpo fue moviendo el mío hasta llegar a la cama. Suavemente, con ambas manos en mi cintura, me dio la vuelta, haciéndome quedar en cuatro... Yo me estaba preparando para lo obvio cuando lo vi arrodillarse y sentí la humedad de su lengua pasando desde mi vulva, acariciando sin afán mis labios, entrando un poco para saborearme y terminar en una succión mortalmente excitante en mi ano. Perdí la fuerza en la espalda; me sostuvo con ambas manos de la cadera, murmurando:
—Apenas estoy empezando...
Jamás imaginé que mis latidos fueran capaces de mover mi cuerpo con tanta fuerza, aun estando en reposo y tendida en una cama, con apenas aliento para mover las piernas...
Diris Galeano








